Amparo me había impresionado fuertemente.
No sabía donde vivía.
Un día encargué a Mauricio que la buscase.
Mauricio empleó cuantos medios se conocen para encontrar una persona de la cual se saben el nombre, las señas y la condición.
Gracias a lo bien montada que está la policía en España, Mauricio, que era uno de los mozos más listos que he conocido, no pudo dar con ella.
Preguntó a los traperos y le contestaron que no la conocían.
Fue al Ayuntamiento y sólo constaban allí el nombre y el número de Amparo como trapera.
Amparo empezó a hacérseme una dificultad: indudablemente a fin de mes, la señora Adela vendría en busca de su asignación; pero yo no quería esperar aquel plazo.
Habían pasado quince días desde mi aventura.