Era por la mañana y Mauricio entró alegre.
—Ya la tenemos, exclamó.
—¿A quién?
—A la señorita Amparo.
—¡Cómo! ¿sabes dónde vive?
—Está en la antesala.
—¡Ah! exclamé saliendo de mi gabinete y atravesando la sala; entre usted, señora, entre usted.
Amparo entró.
Venía sencillamente vestida, un manto de sarga, un cordón de pelo al cuello con una pequeña cruz dorada, un pañuelo de seda sobre los hombros, una bata de percal, y un delantal negro; me pareció más alta y más bella: venía encendida, alegre, con un bulto bajo el manto; me saludó con una sonrisa sumamente afectuosa y entró en el gabinete, sobre una de cuyas mesas dejó el bulto que traía bajo el manto, y que produjo un sonido metálico.
—¿Qué es eso? la dije.