—Esto es que Dios me favorece, me contestó: son tres mil reales que he ganado a la lotería.
—¡Ah! exclamé adivinando su intención.
—Tres mil reales que traigo a usted.
—¿Y para qué quiero yo eso?
—¿Para qué? me contestó mirándome gravemente, para que se reintegre usted de los dos mil reales que dio a la señora Adela.
—¡Ah! ¿eres orgullosa?
—No por cierto, ¡sino que habrá tantos otros desdichados!
Se me nubló el semblante, y Amparo se apresuró a decir:
La caridad debe ser discreta; la caridad indiscreta hace más daño que beneficio; yo ya tengo todo lo que podía desear; un cuartito alegre, una cama blanda, ropa blanca y dos vestidos de calle. Trabajo; trabajo con ardor, y dentro de poco seré oficiala. Emplee usted esos dos mil reales en amparar otra desdicha, y los mil restantes guárdelos usted para dárselos doce a doce duros a la señora Adela: hay para cuatro meses; dentro de cuatro meses ganaré una peseta, que era cuanto deseaba. Con que... no hablemos más. Ahí se queda eso. Tengo que comer y estar a las tres en el taller.
Y escapaba.