—Espera, la dije, ¿no quieres tener nada mío?
—¡Oh? sí, sí... el recuerdo... y el agradecimiento. ¿No basta eso?
—Bien, me quedo con ese dinero, aunque sería mejor que los mil reales restantes se los entregases a la señora Adela.
—Los gastaría en aguardiente.
—Me rindo, pero con una condición.
—¿Cuál?
—Ven mañana a almorzar conmigo.
Meditó durante un momento Amparo, y contestó:
—Vendré. Afortunadamente es domingo.
Y saludándome alegremente, escapó.