—¡Ah! tiene usted suerte, me dijo Mauricio; es una prenda de rey.
Recuerdo que Mauricio, recordando un puntapié que le valió esta observación, habló en lo sucesivo con el más profundo respeto de la señorita Amparo.
Fuime a una joyería y gasté los tres mil reales que me había dado Amparo, en una bonita cruz de diamantes para ella.
La joya era de muy buen gusto, y debía parecer muy bien en el bonito cuello de la muchacha.
Además necesitaba dejar bien puesta mi vanidad.
Aquella inesperada devolución la había humillado.
Amparo me trataba por decirlo así, de potencia a potencia.
Yo no podía conservar aquel dinero.
Mi vanidad quedaba a cubierto, regalándola la cruz.