—¡Oh! ¡no me diga usted eso! ¡no quiero creerlo! ¡una vida así debe ser horrible!
—¡Horrible, sí! ¡muy horrible! por lo mismo es necesario que un deber me ligue al mundo; a la vida: representa tú ese deber.
—Bien; me dijo, mirándome con una expresión que no pude comprender, acepto, seré su hija adoptiva de usted... pero en un convento.
—¡En un convento! ¡monja tú!
—Sí; una vez monja, mi porvenir está asegurado.
—Pero tú, que empiezas ahora a vivir... ¡renunciar de tal modo a la esperanza!
—Es lo único que aceptaré de usted, un dote reducido, cuanto baste...
—No.
—Pues no hablemos más de ello.
Y se levantó.