—¿Te vas ya? la dije.
—Sí, señor; no quiero pasar mucho tiempo fuera de casa.
—Pero ¿volverás?
—Acaso no.
—¿Y por qué?
—¡Oh! ¡me ha hecho usted sufrir! adiós.
—Espera. No quiero obligarte a que vuelvas; pero por si no nos volvemos a ver, acepta esta memoria mía.
Y tomé de sobre la repisa de la chimenea el estuche que contenía la cruz que había comprado para ella el día anterior, y se lo di.
—¿Y qué es esto? me dijo abriéndolo; ¡ah! ¡una cruz! la conservaré, la conservaré siempre en memoria de usted.
Y aprovechando el estupor que había causado en mí el extraño aspecto, la profunda conmoción que noté en ella, al expresarme su deseo de ser monja, escapó.