Cuando quise detenerla sonó el golpe de una puerta que se cerraba, y luego sentí que bajaba rápidamente las escaleras.

Abrí el balcón, y la vi alejarse por la acera opuesta en paso lento y con la cabeza baja.

Mustafá la seguía cabizbajo también.

—Ella volverá, me dije: y cuando menos, la señora Adela vendrá por su asignación a fin de mes.

Había en mi corazón algo que me hacía desear volverla a ver; y sin embargo aquel no sé qué vago, dulce íntimo, estaba muy lejos de ser amor.

Y era más que caridad.

O yo no comprendía la caridad, y me engañaba.

O yo no comprendía el amor; y me engañaba también.

Esto quería decir, que respecto a ciertas sensaciones, mi corazón era inocente, o mejor dicho, estaba virgen.

Lo que sí puedo deciros es: que el recuerdo de Amparo se fijó en mi pensamiento, fresco, puro, consolador, lleno de encantos y de consuelos.