Por entonces, mi tío el duque de... me llamó al pueblo, a donde, cansado como yo de todo, se había retirado.

Fui y vi con asombro, que mi tío había tenido la fortuna de lograr crearse una familia sui generis con sus perros, sus patos, sus conejos y sus gallinas.

Entraban en esta familia, las flores del jardín, y las legumbres de la huerta.

Envidié con todo mi corazón a mi tío.

—Te he llamado, me dijo, para un asunto de interés: cuando digo que es de interés el asunto, claro está que a quien interesa es a ti, porque a mí ya no me interesa nada.

—¡Oh! ¡sí por cierto! los perros, los patos, las gallinas.

—Tengo poder bastante para hacer completamente feliz la vida de esos animales: ellos por su parte me pagan cumplidamente, siendo mis cortesanos, y casi amándome: estoy seguro de que uno solo de mis perros me sea ingrato, y de que uno de mis conejos pretenda robarme o engañarme: las flores me recompensan de mis cuidados por ellas, dándome su fragancia y sus colores; y... en fin... y hablando formalmente, repito que nada me interesa en el mundo más que tú, que no me necesitas; y si no creyera en Dios y le temiera, hace mucho tiempo que... pero no hablemos de eso. El asunto que te interesa, consiste en que me suscitan dificultades a la posesión del mayorazgo que tengo en Italia.

—¿Y qué le importa a usted?

—¡A mí! ¿pues no me ha de importar? ¿no eres tú mi heredero? ¿No sabes que la fuerza de mis rentas está en Italia?

—Y bien, ¿qué quiere usted?