Llegó un día en que creí que había sido un imbécil; que había ido, respecto a Amparo, más allá de donde debía.

Hasta llegué a creer que el padre Ambrosio era un hipócrita, y doña Gregoria una mujer interesada.

Cuando un hombre llega a disgustarse de la vida; cuando rompe el vínculo de afectos que le unen a la sociedad; cuando, en fin, llega a dudar de todo, o por mejor decir a no creer en nada... cuando se hace excéptico...

Un excéptico es la calumnia viviente.

Un excéptico es con suma facilidad malvado.

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Dejé de ver a Amparo.

Y, sin embargo, el recuerdo de Amparo estaba fijo, siempre fijo en mi alma.

Es que halago un sueño, decía yo.

Y el sueño, o Amparo, se hacían más persistentes en mi pensamiento.