No me había inspirado amor, sino caridad.

La caridad estaba satisfecha, y había desaparecido el encanto.

Es cierto que yo sentía hacia ella un afecto profundo; que me interesaba su porvenir... pero su porvenir estaba asegurado. Por otra parte, yo no tenía herederos forzosos; mis padres habían muerto cuando era muy joven, y podía nombrar a Amparo mi heredera universal.

Ninguna dificultad, ningún interés representaba Amparo que me ligase a la vida.

Me había galvanizado por un momento, haciéndome sentir, a mí, cadáver ambulante.

Volvió mi tedio.

Sin embargo, fui a verla todos los días mientras duró su enfermedad, luego algunas veces a la semana...

Amparo se mostraba silenciosa, retraída, como cohartada, delante de mí.

Yo veía en aquel encogimiento, orgullo, altivez, pesar de verse obligada a aceptar mis beneficios.

Esto me disgustaba.