No sé como el bueno del funcionario arregló el negocio, pero el resultado fue que la Adela renunció por ante escribano a todo dominio sobre Amparo, y el padre Ambrosio la adoptó con todas las formalidades prescritas por las leyes.

Todo aquello se hizo en muy pocas horas.

Amparo no pasó la noche en mi casa.

Se la había trasladado en un coche, previo dictamen del facultativo, al colegio de que era directora doña Gregoria de... hija de confesión del padre Ambrosio.

Me olvidaba decir que Mustafá había ingresado también en el colegio.

Di orden a mi administrador general de que pagase a doña Gregoria mil reales mensuales por la pensión de Amparo, y aquel asunto quedó para mí enteramente concluido.

La casualidad, según yo, o la Providencia Divina, según el padre Ambrosio, habían arrojado delante de mí un gran infortunio. Yo había cumplido con mi deber, según mis convicciones, y estaba tranquilo.

Pero una vez satisfecho este deber, una vez pasada la novedad de mi aventura, comprendí que Amparo no era bastante para arrancarme del hastío; para reconciliarme con la vida.

Esta decepción de mi esperanza me fue sumamente dolorosa.

Amparo era para mí una obligación contraída que ningún sacrificio me costaba, porque yo era muy rico.