—Sé que deben recompensarse estos servicios, añadí sacando algunos billetes y poniéndolos sobre la mesa bajo mi mano.
—¿Es urgente la resolución de ese negocio? me dijo el comisario.
—Urgentísima.
—Entonces haga usted que ese exclaustrado, ese padre Ambrosio, venga a verme al momento, y descuide usted; es asunto de dos horas; una renuncia de la adopción de la Adela sobre la Amparo; la adopción en forma de ese fraile; un testimonio de escribano, y... santas pascuas. Si la Adela resiste, con arreglo a la queja de usted, la llevo a la Galera[**], y doy parte al gobernador. Pero no resistirá, yo se lo aseguro a usted; sé perfectamente cómo se hacen estas cosas: cuando se ha dado un paso en vago como el que ha dado esa mujer... cuando está ofendida la moral pública...
[** Prisión de mujeres en Madrid. Nota para los que no conozcan la villa y corte.]
—Bien, bien; ¿quedamos convenidos?
—Sí, señor. Envíeme usted el fraile.
—Le enviaré al momento. Adiós.
—Servidor de usted, caballero.
Salí dejando sobre la mesa del comisario algunos billetes de banco.