Me contentaba con ver, y el misterio de lo desconocido que siempre tenía ante los ojos, me distraía.

Sin recibir una sola carta de Europa, sin escribir, sin leer un solo periódico europeo, estuve viajando por Oriente durante cuatro años, vistiendo, comiendo y viviendo como los naturales del país en que me encontraba, y permaneciendo en un lugar hasta que me cansaba de él.

Y hubiera andado errante, sabe Dios cuanto tiempo, si no me hubiera quedado solo.

Mauricio, el pobre Mauricio, me había abandonado.

Y bien contra su voluntad por cierto.

La bala de la espingarda de un griego de Missolongi, le había servido de medio para su último viaje.

Para su viaje a la eternidad.

¡Ya se ve! el bueno de Mauricio había conocido por una extraña casualidad a una hija del tal griego, que tenía los ojos más negros y más habladores del mundo, y, sin duda, por casualidad había encontrado también el medio de introducirse de noche en los jardines del griego.

La casualidad hizo también que el padre se apercibiese de los amores de su hija con un extranjero, y... ya os lo he dicho: una bala fue a hospedarse en la cabeza de mi doméstico, que puesto en la calle por su matador, apenas tuvo tiempo para declarar... que después de haberle herido... el padre había extrangulado a su hija.

Este drama me impresionó fuertemente, y escapé.