Sin detenerme un solo día, sin pararme en ninguna parte, me trasladé a París.

Esta población era para mí muy familiar, tenía en ella multitud de amigos y toda clase de medios para pasar la vida al galope por medio de placeres.

Pero era el caso que los placeres no existían para mí.

O por mejor decir, yo no existía para los placeres.

¡Me hastiaba todo!

La amistad me daba risa. El amor asco.

Todos los hombres me parecían malos cómicos, que charlaban un papel aprendido de memoria.

En cuanto a las mujeres... ¡las mujeres! las miraba con odio.

«He allí, me decía, esa eterna mentira engalanada, que en todas partes ríe, que a todas partes lleva su hediondo misterio. He allí ese ser que se venga del hombre, extraviándole y degradándole, de la degradante posición del débil, a que el egoísmo del hombre le ha relegado. Ved la corrupción arrastrándose por los salones, coronada de rosas.»

Yo era indudablemente injusto.