¿Pero qué desgraciado no lo es?
Yo había nacido para amar, y del amor sólo había encontrado la fórmula, la frase.
Pero la realización, el hecho, tenía para mí el encanto de lo desconocido, de lo imposible.
El amor para mí no era otra cosa que un sentimiento mitho.
Hijo como todos los mithos, del entusiasmo, del sueño, en una palabra, de la poesía.
El amor para mí era un idilio irrealizable.
Las mujeres que hablaban de amor me irritaban: parecíanme los profanadores del templo que iban a vender a él sus mercancías.
Amparo solía surgir de tiempo en tiempo, como una excepción entre el embrollado caos de mi escéptico pensamiento.
Amparo, con toda su poesía, embellecida por su abandono, grata para mí, por la protección que la dispensaba.
Pero ¿acaso mi escepticismo no había alcanzado también a ella?