¿Acaso no la había creído una muchachuela picardeada en una casa de vecindad y amaestrada por un fraile hipócrita?
¿Acaso no había huido de ella como quien huye de un peligro?
Porque debo confesar, que desde el día en que almorzó conmigo, comprendí con terror que Amparo podría arrastrarme a un amor nuevo, desconocido para mí; y tanto más terrible, cuanto más accesible al amor estaba mi alma.
No la había olvidado un solo momento: vivía dentro de mí, no podré deciros cómo; era una idea vaga, íntima, que se había asimilado a mi manera de ser, a la que me había acostumbrado, que me acompañaba siempre, que vivía conmigo.
Pero indeterminada, misteriosa, monótona, muda con el mudismo de lo incomprendido, como una de esas inscripciones cuneiformes que los filólogos más profundos se esfuerzan en vano por descifrar.
¿Qué representaba Amparo para mí?
Un ser débil, o una estafadora que me explotaba a título de caridad.
La duda es una cosa horrible.
Cuando la duda se convierte en una idea fija... cuando queréis aclarar esa duda y no podéis... cuando el ser que esa duda os inspira ha logrado convertirse en la asimilación de vuestro deseo... cuando se ha constituido en vuestro recuerdo... ¡oh! esa duda... esa duda es la muerte de vuestra razón... esa duda os trae a una jaula de locos...
Pero yo no dudo, no; ¡Dios mío! ¡yo no puedo dudar de ella! si dudo... no es de su virtud... no... no es de su pureza... dudaba... pero ahora... ahora, mi duda y mi locura es otra... yo pienso que Amparo no ha existido... yo pienso que Amparo sólo ha sido para mí un hermoso sueño de primavera... yo pienso que ha sido un fantasma soñado por mi deseo.