Mis cabellos están blancos y rígidos, mi piel árida y arrugada, mi boca contraída.

Y luego estoy flaco, muy flaco.

Debajo de mi piel, que me viene muy ancha, se pueden contar mis ligamentos y mis arterias.

¡Ah! sin duda estoy loco... ¡loco!

¡Bah! no hay que afligirse por eso.

Yo creo que el mundo no es otra cosa que un gran hospital de locos que se comprenden y que se despedazan, comprendiéndose, y que sólo se encierran en hospitales más pequeños a los locos a quienes no comprende nadie... o acaso, acaso, llame el mundo locos a los que tienen razón.

La verdad es que yo veo continuamente hombres que se creen muy cuerdos y a mí me parecen los más rematados.

Me causan risa y lástima.

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No me acuerdo de lo que he hecho o dicho durante ese mes.