No pudiendo conocer su historia, quise conocerla a ella.

Ofrecí, compré la realización de mi deseo, y me sacaron de mi tumba, para llevarme a otra tumba... más pequeña, más oscura, más horrible.

Allí, replegada en un rincón, medio desnuda, temblando de frío, había una mujer.

Una joven con los cabellos canos...

Una ruina como yo...

Sin embargo, mis ojos vieron su hermosura... aquella mujer debió tener los cabellos negros y brillantes, y los ojos negros y llenos del fuego del amor.

La miré, me miró, se arrancó de su rincón, y se vino a asir los hierros de su jaula.

Me contempló con fijeza, se sonrió, y me dijo:

¡Tú también!

Y luego se volvió a su rincón, y entonó su eterna melodía.