Y entonces, cerca de mí, a mis espaldas, me estremeció una voz de mujer.
Aquella voz había pronunciado, conmovida y trémula, una palabra de conmiseración para la pobre loca.
Aquella voz me hizo temblar; me volví y vi delante de mí una mujer, un viejo y un niño.
Y la mujer... ¡oh Dios mío! la mujer lanzó al verme un grito horrible, y yo... yo... hace un momento que despierto... hace un momento que recuerdo...
¡Era ella!... ¡Amparo!... ¡viva!... ¡al lado de otro hombre!... ¡delante de mí!...
¡Oh! ¡es imposible! ¡imposible de todo punto! ¡mi razón perturbada por la vista de aquella loca infeliz!...
Pero el acento de aquella mujer, reposado, grave, sonoro...
Y sus ojos, y su frente, y sus cabellos...
Y su terror al verme...
¡Oh! ¡no! ¡no puede ser! un acento parecido... un terror natural en ella... porque yo, al escuchar aquel acento, me volví amenazador, terrible, a la persona que lo había producido...