No, no podía ser Amparo.
Los muertos no se levantan de su tumba.
Indudablemente no era ella, como no es ella ese blanco fantasma que veo algunas veces durante mi delirio de pie e inmóvil junto a mi lecho.
Acabé de fastidiarme en París.
Más aún, empecé a sentir un deseo punzante de ver a Amparo.
Como estaba acostumbrado a hacer mi voluntad, apenas el deseo de verla se me hizo exigente; me puse en camino.
Llegué a Madrid, y como había alentado una ilusión acaso para entretener mi hastío, y esta ilusión era la atmósfera en que vivía, sin tomarme más tiempo que el necesario para lavarme y mudar de traje me presenté en el colegio.
Salió a abrirme una persona desconocida, que me miró con extrañeza.
—¿Doña Gregoria...? dije.