—No vive aquí, me contestó la criada y me dio con la puerta en las narices.
¡No vivía allí! sin embargo, yo no me había equivocado; era la misma casa.
Salí dudando, y miré a los balcones del cuarto principal.
Allí estaba la muestra, la antigua muestra del colegio, una Minerva coronando a una niña.
Sin embargo, allí no vivía doña Gregoria.
El acento con que la criada me había contestado, demostraba claramente que no la conocía.
Acaso había dejado la enseñanza y traspasado el colegio; ¿quién sabe?
Volví a subir la escalera y llamé.
Se abrió la puerta y... un perro viejo, lanudo, Mustafá, en una palabra, se abalanzó a mí, loco de alegría, ladrando, ahullando, gruñendo, saltando... había encontrado al fin un amigo... había encontrado a Amparo.
Sin hablar ni una palabra a la criada que me miraba con asombro, seguí a Mustafá que en medio de sus caricias se dirigía hacia el interior.