En aquel momento escuché el preludio de un piano.

¿Qué había de misterioso en aquel sonido que penetraba en mi alma, que me traía algo del alma de Amparo?

Porque yo no dudaba de que ella era la que producía aquel sonido...

Hay, sin disputa, en nosotros, un sentido íntimo, una intuición poderosa, sabia, que nunca se engaña, que nos habla continuamente, que nos avisa, que nos dirige, que nos ilumina, que es la inspiración del poeta, el fuego del entusiasmo, la adivinación, y al mismo tiempo la razón, la percepción de que no está al alcance de nuestros sentidos.

Y esta intuición, este fenómeno de nuestro ser, no comprendido aún, me decía:

«Ella es la que produce esa armonía sentida, dulce, lánguida; esa armonía que gime; esa exhalación; de un alma que sufre y llora como sólo puede sufrir y llorar Amparo, de una manera dulce, resignada, poética: esa es su alma trasmitida por sus dedos a las cuerdas de un instrumento.»

Y contuve con un ademán a la criada que iba a anunciarme, y con una caricia acallé las ruidosas manifestaciones de alegría de Mustafá.

La criada permaneció inmóvil y admirada en el lugar en que se encontraba, y Mustafá, como si me hubiera comprendido, calló y se encaminó a la puerta de la sala, en la cual se sentó, dirigiendo alternativamente sus miradas a la persona que había dentro y a mí.

El piano continuaba lanzando magníficas pero fugitivas armonías, como si obedeciese a una mano distraída, pero maestra: yo me acercaba todo conmovido, trémulo, desconcertado hacia el lugar de donde partía el sonido, y como si aquel sonido hubiera sido el medio de una atracción irresistible.

Al fin aquellas armonías desordenadas, inconexas, no escritas, emanadas por sí mismas, sin conciencia de quién las producía, se ordenaron, se desarrollaron, crecieron, interpretando un magnífico canto de sentimiento, y luego una voz de mujer, como yo no había oído jamás, tan extensa, tan grave, tan dulce, tan elocuente, tan pura, cantó.