Todo lo que acabo de apuntar lo observé, lo comparé, lo pensé, lo deduje en un momento en que estuvimos callando, ella turbada con la mirada baja, y yo contemplándola absorto y enamorado.
Sí, enamorado, y enamorado como un loco.
Sin embargo, un mismo pensamiento, sin duda, nos hizo ponernos la máscara de la conveniencia.
Yo creí que debía apelar a toda mi fuerza de espíritu para mostrarme con ella en la verdadera posición en que podía colocarme: esto es, en la posición que me encontraba seis años antes.
Amparo debía ser siempre para mí la misma: una protegida a quien yo dispensaba cuanta protección debía de una manera enteramente desinteresada: lo demás me parecía repugnante.
Y ella... ella levantó al fin los ojos. Su semblante no mostraba más expresión que la del respeto, la del agradecimiento: era la misma niña de seis años antes, pero hermosa, hermosísima, con un traje de seda, en una habitación amueblada con gusto y confiada y tranquila a mi lado, como si se hubiera tratado de su padre.
Pero se transparentaba bajo aquella tranquilidad algo de doloroso: se comprendía que la careta la hacía daño.
—¿Con que hasta tal punto me había olvidado usted—me dijo sonriendo—que no me ha reconocido?
—Se ha transformado usted de una manera completa—le contesté.
—Creo que quien se ha transformado es usted.