—¡Yo! no por cierto, siempre el mismo, se lo juro a usted.

—¿Y ese usted? ¿ese encogimiento...? Yo... yo soy siempre la misma: siempre contenta, siempre amándole a usted, siempre dando gracias a Dios por el bien que me ha hecho...

—Me parece, Amparo—la dije conmovido—que sufres, que no eres feliz, que estás contrariada.

—¡Ah! ya vuelve usted a ser el que era: el usted me hacía daño: por lo demás veamos lo que soy: una muchacha que en vez de vivir en un tabuco, vive en un bonito cuarto: que viste seda y que borda, cose, canta, atormenta un piano y enseña lo que se enseña en España en un colegio. Esta es toda la diferencia: por lo demás, pienso hoy de la misma manera que pensaba el día en que almorcé con usted.

—¡Ah! ¡Te acuerdas!

—Sí me acuerdo. Y en prueba de mi buena memoria: ¿continúa usted cansado de la vida? ¿No espera usted nada? ¿No desea usted nada?

—¡Oh!—la contesté:—nada espero, nada deseo...

—Y en esos largos viajes...

—Sólo he encontrado motivo para hastiarme más.

—¡Siempre el mismo! ¡Siempre sin esperanza! exclamó de una manera particular, y sin que por su acento pudiera yo conocer su intención.