Oficiales, galopines y pícaros, hablaban en corros.

De repente, una voz desesperada, horrible, llamó la atención de todos.

Aquella voz había gritado con una entonación que partía el alma:

—¿Dónde está mi mujer? ¿dónde está mi hija?

Por el momento nadie le contestó.

Al fin, uno de los oficiales de más edad adelantó y le dijo:

—Señor Francisco, es menester que vuesa merced tenga mucho valor.

—¿Pero qué ha pasado?—gritó con más desesperación, con más miedo, con más horror Montiño.

—Hace una hora se ha encontrado abierto el cuarto de vuesa merced y robado.

—¡Robado!