Un papel pegado sobre la cerradura, en que se leía en letras gordas, lo siguiente:
NADIE ABRA ESTA PUERTA, DE ORDEN DEL REY NUESTRO SEÑOR
Si hubiera visto la cabeza de Medusa, no hubiera causado en él tan terrible efecto como le causó la vista de aquel papel.
Pero de repente se serenó y soltó una carcajada insensata.
—¡Vamos, señor!—dijo—he perdido el tino; en vez de venirme á mi casa, me he venido á otra puerta.
Y siguió el corredor adelante.
Pero á medida que adelantaba se convencía de que estaba en el corredor de su vivienda.
Entonces volvió á sobrecogerle el terror, y se volvió atrás, y volvió á llamar, pero de una manera desesperada.
—¡Sí, sí!—exclamó—; esta es la puerta de mi aposento, y no hay nadie en él, y luego este papel sellado; ¡Dios mío!
El cocinero mayor se agarró con entrambas manos la cabeza, como pretendiendo que no se le escapara, y de repente dió á correr y se entró en la cocina.