—Id, id, que el día avanza, y tal vez os busquen.
—No lo quiera Dios: y puesto que vuestra señoría no me necesita, voy... voy á dar una vuelta por mi casa...
—Id con Dios.
Montiño salió desolado.
A pesar de que estaba asendereado y molido, de que llovía, de que el terreno estaba resbaladizo, de que hay una gran distancia desde el convento de Atocha á palacio, Montiño recorrió aquella distancia en pocos minutos.
Cuando estuvo en la puerta de las Meninas, se abalanzó por las escaleras más próximas y subió á saltos los peldaños.
Cuando llegó á su puerta, llamó.
Nadie le contestó.
Volvió á llamar y sucedió el mismo silencio.
Entonces vió lo que en su apresuramiento, en la turbación, no había visto.