—Si el duque os envía á casa de doña Ana, avisadme.
—Avisaré á vuestra señoría de todo.
—Y como vivís en palacio, procurad no perder nada en cuanto os fuese posible de cuanto haga ese don Juan.
—Serviré fielmente á vuestra señoría.
—Y como os quejáis de haber hecho gastos...
—Yo no me he quejado, aunque los he hecho...
—Tomad.
El padre Aliaga abrió un cajón y sacó un centenar de escudos que dió al cocinero.
—¡Ah! ¡señor!—dijo Montiño—; yo no tomaría esto, si no fuera porque estoy pobre.
Y en aquellos momentos el cocinero mayor decía la verdad sin saberlo.