—¡Ah!—exclamó el cocinero—¡un paje!...
—Sí, un paje que se ha comido las pechugas que habían quedado en los platos de la reina y del padre Aliaga.
—El padre Aliaga está perfectamente bueno—exclamó con alegría el cocinero mayor.
—¿Que está bueno el padre Aliaga?...
—¡Sí, acabo de hablar con él!
—¿Y la reina?... yo no me he atrevido á preguntar... no me he atrevido á hablar... pero el alcázar está tranquilo... ¡oh! ¡si hubiese querido Dios que el golpe se hubiese frustrado!...
—¡Sí, sí, Dios lo habrá querido!...—exclamó el cocinero—¡porque Dios no querrá que nos ahorquen inocentes!
La horca era el pensamiento fijo de Montiño.
—¡Que nos ahorquen! ¡No, no puede ser! se ha perdido el rastro.
—¡Que se ha perdido el rastro, y tenéis ahí en esa escudilla los restos envenenados de la perdiz!