—Tenéis razón, tenéis razón, Montiño—dijo el bufón-; pero esto desaparecerá, desaparecerá, yo os lo juro.
Y yendo á un negro fogón que le servía para condimentar su pobre comida, el tío Manolillo hizo fuego, y puso sobre él la escudilla de madera con los restos de la perdiz.
—¿Y no queda más señal que esa?—dijo el cocinero viendo arder con ansiedad la escudilla.
—No... el veneno sólo queda ahí... y en las entrañas del paje muerto... Pero, según he oído, se han llevado el paje á la parroquia sin que nadie sospeche; cuando le hayan enterrado....
—¡Oh Dios mío! ¡Dios mío! ¡Pero mi mujer! ¡Mi hija!
—¿Aún amáis á vuestra mujer?...
—No la amo... no... pero siento una horrible sed de venganza... La miserable... la desagradecida... yo que la había sacado de la miseria... y luego el hijo que lleva en el seno...
—Vos nunca habéis tenido hijos.
—¡Cómo! ¿No es hija mía Inés?
—Vuestra primera mujer os engañó, como os ha engañado la segunda.