—¡Dios mío! ¡Dios mío!

—De modo que debéis alegraros de que se os haya escapado.

—¡Pero se ha escapado robándome!...—exclamó en una de sus acostumbradas salidas de tono el cocinero mayor.

—¡Bah! consoláos; ya tendréis algún dinero empleado por ahí.

—No tengo ni un sólo maravedí... había pensado retirarme.

—Según me han dicho, ha quedado un cofre muy pesado, que se encontró en vuestro aposento, que los ladrones no pudieron abrir porque es de hierro, y que no se atrevieron á llevarse por su tamaño, en poder del mayordomo mayor.

—¡En todo tiene suerte ese mancebo... mi sobrino postizo!—exclamó con una rabia angustiosa el cocinero mayor—; me roban á mí, encuentran su dinero en mi aposento cuando me roban y no pueden robarle á él. ¡Dios mío, Dios mío! me quedo solo en el mundo, y pobre y viejo.

—En primer lugar, don Juan Téllez Girón, vuestro sobrino postizo, os debe todo lo que es. Vos habéis sido la causa de las casualidades que le han hecho esposo de doña Clara Soldevilla y favorito de la reina, y qué sé yo qué más cosas... pero ya se ha quemado la escudilla con lo que contenía, ya no queda rastro por aquí del veneno... el alcázar se me cae encima; salgamos... salgamos de aquí, Montiño.

—Llueve que es una maldición. Llovía cuando llegó á Madrid mi sobrino... quiero decir, don Juan Girón; y yo tengo para mí que mientras llueva no cesarán las desdichas.

—Ya veremos dónde nos metemos. Arregláos los cabellos y el vestido, que los tenéis desordenados, ponéos la capa y el sombrero, y vamos.