Hasta su voz se había alterado.
Cuando salió, el oficial mayor dijo en medio del silencio general:
—¡Pobre señor Francisco! ¡está loco!
Y aquella palabra loco retumbó fatídicamente en las cocinas, repetida por todos.
Entre tanto, Montiño decía, asiéndose al brazo del bufón:
—Vamos á donde vos queráis—le dijo—; afortunadamente entre tanta desgracia la vianda del rey está lista, no falta nada y... no me despedirán... tendrán lástima de mí...
—¡Infeliz!—murmuró enteramente desarmado el tío Manolillo.
Y entrambos, en silencio, se encaminaron á la salida del alcázar.