El tío Manolillo había aceptado la situación.
Había comprendido que para dominar los sucesos necesitaba dominarse á sí mismo, y se había dominado.
Para dominarse había hecho el siguiente raciocinio:
—Según todas las apariencias, el plan de los asesinos ha fracasado; la reina ha comido muy poco, y es ya viejo aquello de que: poco veneno ni mata ni daña... podrá suceder que á la reina... pero en fin... ¿y qué me importa á mí la reina? ¿qué favores la debo? he cumplido con lo que Dios me manda, procurando evitar el crimen. Si no lo he denunciado con tiempo ha sido por excusarme de un proceso... de una prisión... de un tiempo perdido durante el cual no podría velar por Dorotea... por ella, que es todo lo que me interesa en el mundo... por ella, que es... mi vida, mi pensamiento único... á la que me he sacrificado, que es desgraciada... no, no; yo he debido conservar mi libertad á todo trance... he hecho bien en callar... el crimen ha pasado sin que nadie le conozca... Guzmán, el incitador de este crimen, está muerto... no puede traslucirse... puedo, pues, consagrarme entero á Dorotea. Francisco Montiño podrá darme luz acerca de ciertas cosas que yo no comprendo... es necesario que yo utilice á este nombre... que le ayude... para todo esto debo estar muy sobre mí... pues sobrepongámonos á todo.
Después de este razonamiento consigo mismo, el semblante del bufón tomó su aspecto vulgar, su aspecto de todos los días, como podríamos decir.
Pero no aconteció lo mismo á Montiño.
Continuaba desencajado, contraído, fuera de sí.
Bastaba ver su semblante para comprender su situación.
—¡Mi dinero! ¡mi mujer!
Esta era la exclamación que de tiempo en tiempo se escapaba de sus labios.