—¿Que no me ha robado?—gritó Dorotea clavando en Montiño una mirada resplandeciente de fiereza, que hizo temblar al cocinero mayor—, ¿que no me ha robado? ¿y mi alma? ¿y mi corazón?
—Os queda á lo menos dinero para vengaros.
—Vamos, vamos—dijo el bufón—; esto es una locura, Dorotea... tú no has pensado, tú no has meditado.
—Yo no puedo meditar, yo no quiero meditar; me basta saber que se ha casado con otra...
—Debes, pues, despreciarle.
—No se desprecia lo que se ama.
—Lo mismo digo yo—exclamó Montiño.
—Vos estáis sentenciado á no decir nunca más que necedades. ¿Qué tiene que ver lo que á vos os sucede?...
—¡Pues podía sucederme más!... mi mujer, mi hija...
—¡Cómo!—exclamó Dorotea—; ¿vos también, pobre señor, habéis sido ultrajado... abandonado... insultado?...