—Juan Montiño, hija mía—dijo dolorosamente el tío Manolillo—, es don Juan Téllez Girón.
Una palidez biliosa, lívida, terrible, cubrió las mejillas de la comedianta; sus ojos irradiaron una mirada desesperada, tembló toda, y exclamó con acento opaco:
—¡Conque me ha engañado!... ¡conque me ha mentido!... ¡ya lo sospeché yo!... Quevedo le trajo ayer á mi casa... sí, sí, veo claro... muy claro... ¡ya se ve!... ¡como yo soy... ó era la querida del duque de Lerma!... ¡oh! ¡han querido tener en mí un instrumento!... ¡ese maldito don Francisco, que lee en el alma... que adivinó que yo me enamoraría de él... que me volvería loca por él!... ¡oh! ¿quién había de creer que Quevedo fuese tan villano? ¡oh! ¿quién había de pensar que un joven de mirada tan franca y tan noble, sucumbiría á tal bajeza... á tal crimen?... ¡enamorar á una pobre mujer que vive tranquila, resignada con su fortuna... hacerla odioso su pasado y desesperado su presente... matarla el alma!... ¡oh! ¡qué crimen, qué crimen... y qué infamia! ¡Es necesario que aunque yo me pierda se acuerde de mí! ¡Es necesario que yo me vengue!...
—Sí, es necesario que te vengues—dijo el bufón, que enloquecía por Dorotea—; si no es necesario que me vengue yo...
—¡Vos!—exclamó la joven—; ¡os ha hecho también desgraciado ese hombre!
—¡Oh! sí, ¡muy desgraciado!
—Vuestra desgracia, sea cual fuere, no puede compararse con la mía—dijo Dorotea, que tenía el doloroso egoísmo de creer que su desgracia era la mayor de las desgracias posibles.
—¡Oye!—exclamó el bufón, asiendo de una mano á Dorotea—; oye... y oye tú sola—añadió llevándosela al hueco de un balcón, mientras Montiño, desvanecido por lo que sucedía, se dejaba caer sin fuerzas sobre un cofre cerrado aún—: oye, Dorotea, y sabe que tus desgracias son humo, viento, nada, comparadas con las mías.
Y la mano del bufón estrechaba ardiente y calenturienta la mano de Dorotea, y sus ojos cruzados, encendidos, extraviados, se fijaban en ella con una ansia dolorosa, y en su boca entreabierta, por la que salía una respiración ronca, asomaba ligera espuma blanca.
La joven se aterró al ver el aspecto del bufón, y quiso desasirse.