—¡Sí! ¡terrible, muy terrible! pero del mismo modo que nosotros la sufrimos, es necesario que otros la sufran. Es necesario que nos venguemos.
—¡Y cómo! ¡cómo!—exclamó Dorotea.
—Primero, oye... don Juan vendrá á verte.
—¡A verme!—exclamó la joven poniéndose densamente pálida.
—¿Ha obtenido algo de ti?
—No.
—Don Juan vendrá á verte; eres demasiado hermosa para que no vuelva; don Juan sabe que le amas... y querrá hacerte su querida.
—¡Oh!—exclamó Dorotea.
—A nadie le desagrada el que le amen dos hermosísimas mujeres. Don Juan vendrá, pretenderá engañarte...
—Le despreciaré.