—No, no le desprecies; desespérale.
—¡Desesperarle! ¿y cómo?
—¿De qué te servirá ser cómica, si no sabes ser cómica más que en el teatro? Cuando venga recíbele bien.
—¿Recibir yo bien á ese traidor?...
—La sonrisa en los labios y el odio en el corazón; porque tú debes odiarle, como odiarías á un ladrón, á un asesino, porque él te ha robado tu paz, él te ha matado el alma.
—Yo no puedo aborrecerle; ¡yo le amo, yo le amaré siempre!—exclamó llorando Dorotea.
—Más bajo, más bajo, que no nos oigan.
—¡Oh! ¡Dios mío! ¿y qué me importa todo?
—Ese nombre que está ahí doblegado bajo su rabia, bajo su desconsuelo, como lo estamos nosotros, ese hombre, Dorotea, puede ser tu puñal.
—¡Mi puñal!