Sólo la quedaban como vestigio de la tormenta dos círculos ligeramente morados alrededor de los ojos.
Toda su fuerza de voluntad no había podido borrar aquellas dos señales de las lágrimas y del insomnio.
Pero Dorotea sabía que tenía aquellas señales y estaba tranquila.
CAPÍTULO LIV
CÓMO SABEN MENTIR LAS MUJERES
Don Juan entró con recelo; esperaba un recibimiento terrible.
Pero se sorprendió al ver que Dorotea se levantaba solícita, salía á su encuentro y le abrazaba.
—¡Oh y cuánto me habéis hecho padecer! ¡Cuánto me habéis hecho llorar, señor mío!—le dijo con toda la ardiente expresión de su alma—; venid, venid que os vea; ya sé, ya sé que no os han herido... pero vuestro lance con don Bernardino... ¡No haber vos venido anoche! ¡Y luego como yo no sé dónde vivís!...
—Vivo en palacio—dijo con turbación don Juan.
—¡Ah! ¿Vivís en palacio... con vuestro tío?... Me alegro... Y por lo visto vuestro tío es un buen tío; me ha dicho Casilda que habéis venido en carroza... y vuestro traje, vuestras alhajas, ¡oh, y qué hermoso y qué gentil y qué galán venís!... Cada día os amo más... y me alegro, me alegro de que vuestro riquísimo tío emplee sus doblones en vos con tanta magnificencia... prefiero que no me debáis nada... porque así sabré que me amáis por mí misma... no podré ofenderos en nada ni aun desconfiar de vos.