—¡Oh! Tu calma me espanta, hija mía—dijo el bufón.

—¿No me habéis dicho que debo ocultar el estado de mi alma para vengarme mejor?—dijo la Dorotea—; yo he creído bueno vuestro consejo y empiezo á representar mi papel; estoy tranquila, ya lo veis, y estoy tranquila porque estoy resuelta. Ya sé lo que puedo esperar, y para representar mi papel es necesario que continúe en mi vida de costumbre. Esta tarde tenemos un primer ensayo y es necesario que la dama sepa su papel. Estudio, ya lo veis; no podéis pedirme más.

El bufón miró dolorosamente á la joven.

En aquel momento entró Casilda.

—Señora—dijo—, aquel caballero joven que estuvo aquí ayer acaba de bajar de una carroza y pide veros.

—¡Ah! Ya sabía yo que vendría—dijo el bufón—; adiós, Dorotea, adiós, y mira lo que haces.

—Id sin cuidado; ya os lo he dicho, estoy resuelta.

—¡Adiós!—repitió el tío Manolillo, y salió por la puerta de la alcoba.

—Que entre ese caballero—dijo Dorotea.

Y puso de nuevo los ojos en su papel, tranquila, serena, como si nada la hubiera acontecido.