—Adiós. Adiós vos también, tío Manolillo.

—¡Ah! Id, id con Dios, señor Francisco, id con Dios, y hasta más ver.

El cocinero mayor salió tambaleándose como un ebrio.

Dorotea empezó á recoger en silencio sus joyas y sus trajes y á guardarlos en los cofres.

Durante esta operación no habló una sola palabra.

El tío Manolillo, sentado en un sillón, la miraba con ansiedad.

Dorotea estaba serena; sus lágrimas se habían secado; sólo quedaba en su semblante, como vestigio de la pasada tormenta, una profunda gravedad.

El bufón guardaba también silencio.

Casilda y Pedro llevaron los cofres á su lugar y pusieron en orden el mueblaje.

Dorotea entre tanto había cambiado de vestido y se había puesto en el hueco de un balcón á estudiar su papel de la comedia antigua, titulada Reina Moraima.