—Debes escribir al duque—dijo el bufón.

—En efecto, hace tres días que no le veo—dijo la Dorotea—; esperad, esperad un momento, voy á escribirle.

Y se sentó junto á una mesa, tomó papel y pluma y escribió lo siguiente:

«Señor mío: Hace tres días que no me honráis; ¿habré caído en vuestra desgracia? No lo creo; al menos no he dado motivo para ello. No me quejo como me quejaría en otra ocasión, porque sé que andáis muy seriamente ocupado y más de un tanto cuidadoso por la vida de nuestro buen amigo don Rodrigo Calderón. Pero, según entiendo, habéis salido bien de vuestros negocios y la vida de nuestro amigo no corre peligro. Debéis, pues, venir, dedicar algún tiempo á la que os ama tanto, señor, que no es dichosa sin veros.—Vuestra Dorotea

Plegó y cerró esta carta la joven y la dió á Montiño.

—Llevadla ahora mismo—le dijo—al duque de Lerma; le digo en ella que quiero verle, y cuanto más pronto le vea más pronto podré hablarle de vuestros negocios.

—¡Oh, señora! ¡Cuánto os deberé si consigo recobrar mi dinero!—exclamó Francisco Montiño.

—Pues id, id, amigo mío.

—De todos modos, yo tenía también que ir á ver á su excelencia.

—Pues adiós.