—¿Y dónde pasásteis la noche, señor mío? Yo os estaba esperando.
—Es necesario que yo os lo diga todo.
—¿Tenéis más que decirme?
—Ciertamente; vuestra hermosura, y un no sé qué inexplicable que existe en vos, que me obligó á amaros desde el momento en que os vi, tuvo la culpa de que yo, no conociéndoos bien, os haya engañado.
—¡Ah, me habéis engañado!...
—Y de una manera grave.
—¿Pero en qué? ¿Cómo?
—Soy casado.
—¿Y eso qué importa?—dijo la Dorotea, cuyo semblante no se alteró.
—¡Cómo! ¿No os importa nada que yo sea casado?—dijo don Juan, que sintió un vivo impulso de despecho.