—No, porque no había de haberme casado con vos.
—Sin embargo...
—Porque nunca hubiera sido vuestra querida.
—¡Ah! ¿Es eso cierto?
—Certísimo.
—¿Es decir, que os soy indiferente?
Y el joven pronunció estas palabras con un acento tal y tan doloroso, que Dorotea sintió que su amor crecía; se sintió amada; sin embargo, conservó su severidad.
—No; vos no me sois indiferente; no, ¡Dios mío! Por el contrario, sois el único hombre á quien he amado, el que ha encontrado mi corazón virgen... pero por lo mismo, porque sólo mi corazón estaba puro, os amo con pureza... por eso yo, querida del duque de Lerma, querida de don Rodrigo Calderón, mujer perdida, no quiero arrastraros hasta el fango donde está mi cuerpo; os doy mi alma, mi alma entera y nada más; ¿qué me importa que seáis casado? ¿Qué me importa que no me améis si yo os amo?
—¡Dorotea!
—¿Os ama tanto como yo vuestra mujer?