—Y tú has cometido la imprudencia de decirle que el venir á tu casa podía robarle la paz de la suya... tú no quieres vengarte.
—Os juro que me vengaré; que me vengaré de una manera cruel.
El bufón movió la cabeza en un ademán de duda, de incredulidad.
—Sí, me vengaré—insistió ella.
—¿Y cómo?
—Ya lo veréis.
—No... adivino.
—Yo haré de modo que en su vida me olvidará.
—¡Don Francisco de Quevedo!—dijo á la puerta anunciando Casilda.
—¡Ah! ¡ese hombre! ¡ese hombre!—exclamó el bufón.