—Dejadme sola con él—dijo Dorotea.
El bufón salió por la alcoba.
Dorotea le siguió.
—¡Ah! no quieres que te escuche—dijo dolorosamente el bufón—; pues bien, adiós.
Y salió por la puerta de escape de la alcoba.
Después volvió á la sala.
Ya estaba en ella Quevedo.
CAPÍTULO LV
QUEVEDO, VISTO POR UNO DE SUS LADOS
El buen ingenio llevaba sobre sí las señales de la ruda actividad á que se había visto sentenciado desde su llegada á Madrid.