Sus ojos estaban un tanto hundidos, su nariz parecía más afilada; la blanca golilla de su cuello estaba más de un tanto ajada, su traje descuidado y todo él descuadernado y lánguido que no había más que pedir.
Había movido el brasero y se calentaba y se restregaba las manos.
Cuando apareció Dorotea, don Francisco la miró con suma gravedad.
La comedianta adelantó, se detuvo junto á Quevedo y le miró intensamente.
—Mea culpa—dijo don Francisco.
—Lo que quiere decir en castellano, que vos tenéis la culpa de todo lo que me sucede.
—Trasladáis el latín al romance con grande licencia. Yo no tengo la culpa de lo que os pasa.
—¿Pues quién trajo aquí á ese hombre?
—¿Y tengo yo la culpa de que os hayáis derretido como cera? Allá os las compongáis.
—¿Os acordáis de lo que me dijísteis ayer en aquella taberna?