—Os confieso que estoy tan manoseado, tan traído, tan cansado, tan sin sueño y tan con hambre, tan calado y tan frío, tan asendereado y lastimoso, que no tengo memoria, ni siento más que los huesos que me duelen, las ropas que me mojan, los ojos que se me cierran, el estómago que pide más que cien frailes, y los pies que me chillan. Esto sin contar la cabeza, que se me anda. Si mi amigo Miguel de Cervantes viviese, juro á Dios, que al ver lo que me pasa, había de escribir un libro intitulado «Trabajos de don Francisco», que le había de dar más fama que el Ingenioso Hidalgo.

—Sin embargo, noto que no se os ha cansado la lengua.

—¡Ah, lengua mía! quemarála yo, si no me doliera, para que no tuviese que hacerme arrepentir.

—¡Ah! conocéis que habéis hablado mal—dijo la Dorotea sentándose—, y que vuestras malas palabras han hecho mucho daño.

—¿Y quién había de creer que ese don Juan era un milagro y una fortuna insolente? ¿Quién había de esperar lo que ha sucedido? Cuando os digo que estoy atónito, y espantado y medroso, y que de mí mismo recelo, y que ya no sé qué decir, ni qué pensar, ni por dónde salir...

—Menos lo sé yo.

—¿Sabéis las novedades que han ocurrido?

—Sé que es hijo del duque de Osuna y que se ha casado.

—¿Quién os lo ha dicho?

—¡El mismo!