—¿Y pensáis disputársele á su mujer?
—No.
—Hacéis bien; lo demás sería indigno de vos.
—Vos habéis venido para algo, don Francisco.
—Ciertamente, he venido á que me deis de almorzar.
—¡Casilda! un almuerzo abundante—dijo Dorotea en el momento en que se presentó la doncella.
—Sois un ángel, á quien es lástima hayan cortado las alas, pero me tenéis cuidadoso.
—¡Cuidadoso!
—Estáis demasiado tranquila después de lo que os ha sucedido.
—¿Y qué queréis que haga?