—Pero siempre es una felicidad. Yo quisiera padecer.
—¿Cómo, no padecéis?
—Padezco, el que no padezco; pero dadme licencia, veo á vuestros criados que adelantan con la mesa. Y traen dos servicios. ¿No habéis almorzado vos?
—No por cierto.
—Habéis hecho mal; con el estómago frío, la cabeza está débil y vaga y se pierde. Almorzad, almorzad conmigo, y después de almorzar ya veréis cómo pensáis de otro modo.
—Sí, sí, es preciso—dijo Dorotea—y aunque sólo fuera por probar...
—Observo que en el estado en que nos vemos necesitamos más vino, una botella es poco.
—Traed, traed más vino; cuatro botellas...—dijo Dorotea.
—¿De qué?—repuso Casilda.
—Puesto que tenéis bodega, que venga, si hay, Jerez—dijo Quevedo.